El borracho mira a la belleza rubia volar en torno de él y goza de su suerte. Es feliz sin dudarlo y canta y bebe y baila y celebra al hada y la abraza, sin congoja, sin mesura, sin saber el trágico destino que les depara el alba.
Él la ama.
La hada hermosa y rubia, de cuerpo delicioso y sonrisa delirante. Sublime cuerpo de mujer, rostro de ángel y alas luminosas, aquello que mis más ambiciosos sueños nunca llegaron a imaginar. Ella mira con ojos llenos de compasión al etílico sujeto que no para de sonreír y de mirarla con ojos tiernos. Ella sabe que al caer los primeros rayos del sol sobre el aposento aquél habrá problemas, sabe también que tendrá que dejar al pobre diablo con su soledad exagerada y su misantropía.
El amor inunda aquella pieza sucia y desvencijada, todo flota en la espesa niebla que se confunde con el ondulado cabello de la rubia y con sus luminosas alas que parecen herir de muerte a la oscuridad que se retira temerosa ante aquella belleza sublime de lumínicos dotes y ante aquél hombre demasiado bebido.
Falta poco para el amanecer.
Por los intersticios que pueblan aquél lugar de extravagante rareza cuelan tiernamente unos rayos tímidos que pretenden besar al hada hermosa. Ello enfurece al alcohólico y pelea con la luz ante la sorpresa y el desagrado de la hermosa. Los celos enloquecen al hombre.
La luz entra furiosa buscando algo, se desparrama soberbia y arrogante por todo el lugar. El borracho enceguecido busca a tientas, ella grita y se ahoga su grito y se entrevera con los gritos del ebrio…
Tal vez nunca volverán a verse y se quedará el ebrio solitario, como siempre, imaginando que cada noche entra esa hada de nombre incierto que pudo ser producto de un delirio, debido a su perfección inaudita y cuya visión lo hirió tan profundo que jamás volverá a amar a nadie ni a nada, sólo a ella y a su nombre, ese nombre que pronuncia al despertar sobresaltado en plena madia noche al sentir ese tacto, que se confunde con la niebla, acomodarse en su pecho y enseguida sentir esos labios sobre sus groseros labios cocidos por el alcohol, esos labios que se vuelven inmortales al pronunciar el divino nombre… Nancy.

PARA NANCY
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